Re-encarnación / Fluida / Im-pulsa / Raíz / Latente
Por: Martha Isabel Calle
Cali, Colombia — 22 de mayo del 2025
«La cámara oscura encriptada no proyecta el mundo tal como es,
sino como ha sido codificado para ser recordado… o silenciado.
En su interior no hay luz libre,
sino datos cifrados que requieren otra mirada,
otra clave, otro tiempo… para abrirse.»
Un impulso autoral,
entre el éter y el número,
para encarnar en imagen.
Una manera de existir…
en reparación.
En reescritura psíquica.
Este manifiesto es espejo
de quienes aman más el proceso… que el fin.
De quienes extraen imágenes —luz-códigos—
de la cámara oscura —caja-nube—
y las convierten en estructuras…
y rupturas del tiempo.
Es sombra
para quienes aún creen en la fotografía como verdad.
Y es luz
para quienes la han convertido en su extensión viva.
Yo escribo con luz.
Y su energía latente.
También con carne.
Con cuerpo.
Mi cuerpo es cámara.
Mi piel, sensible.
La fotografía que defiendo…
no se captura.
Extraigo un fotograma de “la realidad”
y lo encarno.
Lo dejo morir.
Y revivir.
Por necesidad de alquimia.
Por liberar secretos.
No quiero imágenes muertas.
Quiero imágenes muriendo.
Porque si mueren…
es que estuvieron vivas.
Quiero imágenes que no estén fijas.
¡Que respiren, que suden, que tiemblen!
Que emanen fluidos…
y ruidos.
Quiero performance.
Y ritual.
Como algo sagrado.
Un gesto
que haga contrapeso
a lo banal,
a lo invisible,
al vacío,
a la encriptación.
La espiritualidad es el éter
de nuestra existencia transitoria.
La fotografía es espiritual,
etérica,
misteriosa…
Me saca de este espacio-tiempo.
La foto-grafía es un acto.
Una escritura en espiral.
Un impulso del cuerpo.
Un tejido numérico.
El alma de alguien
lanzando tentáculos
para hallar coherente
este paso por el mundo.
Es la memoria
latiendo en lo invisible.
Es presencia,
no prueba.
Es rastro,
no documento.
Es una presencia…
que nos deja.
La imagen es semilla.
Una potencia diminuta,
cargada de memoria
y posibilidad.
No es objeto.
Es arraigo.
Me resisto a los archivos sin alma.
Sin éter.
A la imagen que no toca.
Ya no huele a álbum viejo.
El scroll infinito
extiende mi dedo índice…
lo convierte en máquina,
en reflejo del algoritmo.
Propongo en cambio:
una mirada fértil,
indisciplinada…
Una mirada que no separa
el ojo del corazón,
ni de las manos.
Una que se deja afectar.
Que descubre lo valioso,
lo vulnerable.
Porque toda imagen
es también un espejo.
Y todo cuerpo que se deja mirar…
se vuelve gesto.
Somos performance para la imagen
cuando esta nos mira.
Y cuando la imagen es nuestra
y la miramos,
nos ancla,
nos responde,
nos envía mensajes…
del más allá.
¿Tantas vidas para un fotograma?
Todo es igual…
y sólo cambia la forma.
Estamos entrelazados de forma infinita
en un ADN visual.
En una mutación de códigos
y algoritmos eternos.
Una imagen,
de una imagen,
de una imagen,
de una imagen,
de una imagen infinita…
que se sobreinscribe.
La cámara oscura encriptada
nos contiene.
Nos observa…
desde dentro.
Es la era de la nube,
de la orfandad,
de la supervivencia.
De la posperformatividad.
Cali, Colombia
Martha Isabel Calle
22 de mayo del 2025